Mujer iroqués

domingo, 29 de junio de 2014

LA GUERRA DE LAS MÁQUINAS (II)


Cadenas en el barro

Al comienzo de la guerra, el coronel E. D. Swinton pensó en acorazar los los tractores oruga Holt para usarlos en combate. Escribió un memorando y lo envió al War Office, donde la idea fue rechazada. El proyecto dio vueltas por la burocracia y, en 1915 el azar lo llevó a las manos más inesperadas: las del inquieto Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo.

Churchill puso toda su energía a promover la idea. Por seguridad el proyecto se camufló como un diseño de aljibes (watertanks). El nombre perduró y los tanques fueron una realidad en enero de 1916 cuando el primer carro de combate del mundo, el Mark I, entró en producción. Era feo, ruidoso, sucio y lento, pero podía atravesar cualquier terreno, y era invulnerable a las ametralladoras.

Swinton y Churchill avisaron contra un uso prematuro o inadecuado del invento pero no se les hizo caso. En julio empezó la carnicería de El Somme y en septiembre, tras sufrir 300000 bajas sin avanzar ni un kilómetro, el Alto Mando lanzó los tanques a la batalla. El 15 de septiembre los escasos carros disponibles se abrieron camino por entre las trincheras alemanas de Flers-Courcelette, ganando en unas horas más terreno que en los tres meses previos de lucha. Pero al igual que con el gas, nadie esperaba el éxito: el frente volvió a cerrarse, la matanza continuó como hasta entonces y se desperdició la sorpresa.

Los alemanes no se vieron muy impresionados por los carros, así que no tomaron muchas medidas aparte de diseñar un tanque propio, sin demasiada prisa. Por su parte los aliados vieron que el concepto era viable y encargaron miles de ejemplares y modelos más avanzados. Pero pasaría tiempo antes de que llegaran.

Tanques y ponzoña

El mariscal Haig no creía en las máquinas. Él, inspirado por el mismo Dios, seguía pensando que todo era cuestión de seguir presionando hasta que el frente cediera: después, la caballería se lanzaría en persecución del enemigo y todo habría concluido. Así que pidió más hombres y cañones para alimentar el matadero.

En Passendale los ingleses intentaron de nuevo atravesar la tierra de nadie, y dejaron en los barrizales cientos de miles de muertos. Allí, los alemanes usaron su última arma secreta, la yperita. Las máscaras no protegían, porque se absorbía por contacto. No mataba: quemaba la piel y las mucosas, llegaba a la sangre y dañaba los pulmones.

La yperita tampoco era el arma decisiva: permanecía días y días en el terreno, en los suelos bajos, el barro y los cráteres, atacando por igual a amigos y enemigos. Los aliados también la usaron y un fango amarillento y repugnante separó las líneas de trincheras. Todo seguía igual

Por fin, tras el fracaso de los viejos métodos, se usaron los nuevos: los tanques volvieron a la batalla en Cambrai. Medio millar de Mark IV atravesaron las líneas enemigas de forma concentrada: los alemanes fueron completamente arrollados. Pero aunque las armas eran nuevas, las ideas seguían siendo viejas: los ingleses quisieron aprovechar el éxito con cinco divisiones de caballería, y las ametralladoras volvieron a cubrir el barro de carne muerta. Una vez más la victoria asomó, y pasó de largo.

El arma definitiva.

En el último año, los alemanes decidieron probar, no con nuevas armas, sino con nuevas ideas. En vez de barreras de artillería y asaltos frontales , concentraron el esfuerzo en pequeños sectores con ataques rápidos y concentrados. Las líneas del Somme cedieron.

Ya era tarde: dos años atrás, quizás hubieran logrado una victoria decisiva, pero en 1918 la nación estaba al borde del desfallecimiento tras cuatro años de lucha. Una mañana, los soldados dejaron de combatir por puro agotamiento y hastío. Hubo revueltas , y el Estado Mayor Imperial supo que era el fin.

Habría más batallas, en las que se emplearían miles de tanques y aviones: el motor de combustión interna era por fin el caballo de la guerra, pero para entonces la suerte ya estaba echada y Alemania pidió el armisticio.

Los aliados no comprendieron lo sucedido: unos creyeron que, al final, habían demostrado su superioridad. Otros, atribuyeron la victoria en exclusiva a las nuevas armas. La realidad era más prosaica, Alemania fue vencida por el arma más antigua de todas: el hambre.

Tras la batalla

La revolución industrial convirtió la guerra en una inesperada pesadilla. La masacre hizo imposible que ninguno de los bandos se hiciera con la victoria al comienzo de la lucha. Obcecados, los militares sólo fueron capaces de usar más y más armas, sin ver que lo que no funcionaba era su modo de pensar. Los nuevos medios nacieron para romper esa parálisis, pero no lo lograron: sólo aumentaron la mortandad. no bastaba con cambiar de armas, había que cambiar la mentalidad militar, y eso no sucedió.

En Francia y Gran Bretaña todos creyeron que la victoria reivindicaba sus méritos y no vieron necesidad de cambiar nada. Se limitaron a prohibir a Alemania la posesión de las nuevas armas, convencidos de que así hacían imposible una nueva guerra.

Los alemanes, sedientos de revancha, estudiaron todo lo sucedido en esos años y extrajeron conclusiones muy diferentes. El motor lo cambiaba todo: tanques y aviones no eran sólo armas nuevas en una guerra vieja, sino la puerta a un modo nuevo de luchar. Así, en los siguientes años, planearon la venganza mientras sus enemigos se aletargaban.

Y, cuando la guerra volvió a estallar en 1939, los ejércitos aliados volvieron por los viejos caminos que habían pisado sus padres, convencidos de que ganarían otra vez, como en 1918, sin saber que llegaban al campo de batalla con veinte años de retraso.

3 comentarios:

PaleoModels dijo...

Hola José, muy buen artículo pero no entendí lo último, los aliados llegaron con veinte años de retraso? te refieres a eso de los motores de combustión interna? o sea que los Alemanes estaban VEINTE años adelantados en esas maquinarias?
Saludos desde el granero del mundo...

José Antonio Peñas dijo...

No, quiero decir que los aliados, en 1939, fueron a la guerra con la mentalidad de 1918, convencidos se que todo iba a ser igual

José Antonio Peñas dijo...

Por poner un ejemplo, Francia tenía más y mejores carros que los alemanes, pero los usaron como en la Gran Guerra, y jamás se plantearon constituir una masa de maniobra en reserva porque estaban convencidos de que el frente de la linea maginot era impenetrable